9 de diciembre de 2015

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Sistemático.

Nunca supe por qué lo hice. Nunca lo sabré. Lo único que conozco ahora mismo de mi pequeña aventura es un tanque de fragmentos de recuerdos superpuestos. Ni siquiera puedo comprender mi atrevimiento. Sólo sé que se me ha dado la oportunidad de expresarme, algo que no se le da a todo el mundo.

Me encontré una soleada tarde de agosto, donde siempre, con la misma gente de costumbre. Ese apuesto bar de estilo inglés en la costa alicantina. De repente, me levanto, observando el mar con ojos vacíos. Mirándolo...pero sin verlo.

Cojo el coche, aunque se que es una causa perdida. Tengo muy claro lo que voy a hacer, sin haberlo premeditado, ni siquiera por haberlo pensado una milésima de segundo a lo largo de mi vida.

Conduzco hacía la carretera que me llevará arriba. Mi bonito pueblo tiene una gran característica paisajística: varios cabos que enmarcan las numerosas playas de éste, remarcados por la montaña, que aunque baja, de gran belleza, que es la eterna vigilante de todo el territorio javiense.


Todavía no sabía hacia donde iba exactamente, pero no tardé en averiguarlo. San Antonio parecía llamarme desde la lejanía, instando a acercarme. Llegué allí enseguida, dado que conozco los atajos que no conocen todos los turistas que suben cada día allí, a admirar la increíble vista. Pero yo ya la había visto muchas veces, por lo que no me sobrecogí por la gran altura.

Por fin veía bien el mar. Tantos años viviendo a su lado, y no me había fijado en los pequeños reflejos que arrebata su poderosa presencia al Sol. También me di cuenta mientras caía de que era... tan azul.

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