8 de diciembre de 2015

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Otra vez. Como cada mañana. Lo mismo. Otra vez igual. Siempre me ha parecido que no es necesario que mi madre se levante tan temprano cada día para verme antes de irme al instituto. Siempre se lo he dicho, pero para ella es necesario. Bueno, vale; tampoco hace daño a nadie. Hasta ahora. Siempre ha sido de mal despertar y muchas veces se levanta enfadada. No se exactamente que le pasa cuando está durmiendo, pero la expresión levantarse con el pie izquierdo le va ni que pintada. Ese día, el motivo de su gran enfado es otro de los habituales: yo. Concretamente mi forma de vestir. Mi  madre no ve apropiada mi forma de ir al instituto. Unos vaqueros y una camiseta normal de manga corta llevo puesto, pero según ella debería ir más arreglada. Y yo que pensaba que iba a clase y no a ligar.

Salgo de casa y me pongo los cascos. Cuando hago ese gesto, los problemas hasta medio desaparecen. Algo que también suelo hacer entre clase y clase... algo que me ayuda a olvidar que no quiero estar allí. No me gusta estudiar, me aburro en todas las clases, mi mente se pierde en la mitad de ellas... ¿y porque estudias bachiller, si no es obligatorio?, me suelen preguntar: pues señora -o señor- porque tengo capacidad suficiente para ello y para poder llegar a tener un buen trabajo es necesario. Fin.

Llego a clase y encima toca Filosofía. Ya me dirás tu para qué quiero saber la opinión de tíos que llevan muertos muchos años. Me siento en mi sitio de siempre y la profesora llega, lo cual no es demasiado halagüeño pues es la que peor me cae de todo el claustro. En fin. Al cabo de unos minutos, cuando mi mente ya no es capaz de centrarse y empieza a divagar, miro por la ventana situada junto a mi pupitre. Desde allí se ve la gran avenida y mi casa a lo lejos... mi casa. ¡Mi casa! no puedo creerme lo que veo. En serio, no puedo. Humo, mucho humo. Sale de allí. Lo primero que pienso para auto-tranquilizarme es que el vecino de al lado está quemando restos de poda, aunque nunca antes le haya visto hacerlo. Que el humo parece que salga de mi casa pero en realidad no. 

Al final, estoy preocupada. La ventana se convierte en mi obsesión. No puedo dejar de mirar y noto como mi pecho empieza a ir como un torbellino en son de mi respiración. 

Y pasa lo que tiene que pasar: mi profesora me regaña por no atenderla y mirar por la ventana. Como ya ha hecho otras veces, me sienta en primera fila enfrente de ella. Lejos de la ventana, lejos de mi tortura momentánea. Al principio miro al frente y simulo leer mi libro, pero no puedo evitar que el nudo formado en mi garganta me estalle en el cerebro. Y me giro a la ventana, al cristal de mis miedos y me estiro lo que puedo en mi silla para seguir mirando, como una lenta eutanasia. Sin embargo, mi movimiento calculado no pasa desapercibido y mi amable y comprensiva dictadora me echa de clase. Me levanto rápidamente y me voy corriendo. Salgo al pasillo. Bajo las escaleras al primer piso. Bajo a la planta baja. Salgo a la entrada. Abro la puerta. Salto los escalones. Empiezo a correr hacia casa por la subida mientras me aferro desesperada a que el sonido de sirenas que oigo sean los bomberos. Jadeo dado que es una carrera de las buenas. Sin importarme si me echaran de menos en clase llego a mi casa... o lo que queda de ella. Todo ha sido consumido por el fuego, me dicen. Todo...y todos.  Siento mi vida desfallecer, mi agonía comenzar, mi corazón roto, el desmayo incipiente, el crujido de mi alma, mi orfandad conocerse, mi legado comenzando, mi tortura lenta y pausada que poco a poco me mata por dentro y me hace desear que siga hasta conseguirlo...

Y en eso levanto la cabeza y hago un esfuerzo monumental por volver a clase. A mi rutina, a mi prisión. Y es que los condenados filósofos condenan a mi mente a divagar nada más entran en escena. Pero ha sido tan real que todavía noto el quemazón del fuego en mi mirada, las basas de la incerteza lamiendo mis poros. Vuelvo varias veces la cabeza hacia la ventana, mi mirada a otro mundo, y el frío cristal me devuelve la expresión de una normalidad aplastante, aburrida... pero deseada. 

Mi profesora me castiga. Me dice que no tengo remedio, que siempre lo mismo. Pero que esta vez no me echará de clase. Bien, una carrera que me ahorro. Dice que escriba. Que le escriba en un folio inmaculadamente blanco que es lo que estoy mirando por la ventana que es más importantes que su clase. 

Creo que se sorprende por la incipiente medio sonrisa que aparece en la comisura de mis labios al mirarla a los ojos. Y se lo que estoy pensando: ¿Cuál de las historias quieres que te escriba?


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