Y allí estábamos. Tu y yo, desconocidos, sentados en ese bar en el que más adelante pasarías las las horas pero entonces no conocías. Me contaste todo, todo lo que habías sufrido, ahí estabas contándoselo a una simple desconocida. Salimos, mareados y caminamos sin rumbo pero con una extraña intuición, cual brújula. Y no se como pasó exactamente, mi típico descaro tomó las riendas; adrenalina por el cuerpo... y el rojo sigue siendo mi color favorito.
No hay comentarios:
Publicar un comentario