13 de enero de 2016

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Me engañó a mí misma. Una y otra vez. No hay forma de remediarlo, nunca cambiaré. Siempre he querido ser diferente, tal vez porque estaba perdida en un ciclo de la vida donde no le deseo a nadie que caiga. Un torbellino magnético que nunca se olvida. Poco a poco, los instintos básicos van tomando consciencia del cuerpo.

Y surge la fascinación, el saber estar, el morbo. Las cosas deberían ser diferentes, deberían ser más sencillas. Pero no lo son. No estamos preparados para saber lo que queremos, no somos conscientes de que nuestra mente es demasiado poderosa para nosotros. No se puede evitar. Estamos condenados a errar una y otra vez, a tomar decisiones que afectarán todo nuestro universo y de forma equivocada. Pero. ¿Qué se puede hacer? Si ni tan siquiera cuando se está seguro de algo se puede saber si saldrá bien o no.

Un imán que atrae los polos opuestos como nadie, un destino incierto que nadie sabe cómo acabará. No puedo seguir negándolo, lo tengo asumido. Pero no pienso mover ficha.

Eso ya no es asunto mío.
Y tal vez me equivoque.
Me equivoco.
Lo sé.

Y no pienso hacer nada pues hace mucho decidí que la felicidad de los demás era más importante que la mía. 

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